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Sabíamos que el tiempo se terminaba para nosotros, pero, solo queríamos ser felices mientras durase…"
Apreté con todas mis fuerzas su cuerpo ya carente de vida contra mi pecho, y besé sus labios todavía calientes y húmedos, aquellos ojos verdes y tristes me miraban anunciándome una ya irremediable certeza, estaba muerto, había fallecido entre mis brazos, haciéndome la declaración de amor más bonita de toda mi vida. Mi único consuelo es que había sucedido como él deseaba, conmigo a su lado, en ese lugar que era tan importante para los dos, sin médicos ni hospitales…
Cerré los ojos y me esforcé en sentir su calor, el calor que todavía la muerte no había sido capaz de llevarse. Algo se rompió en mi interior, destrozándome las entrañas, desgarrándome el pecho, quemándome la garganta, lloré y los sollozos dieron paso a los gritos de desesperación, no recuerdo cuanto tiempo estuve así, no sé si fueron segundos , minutos o tal vez horas , fue casi como si mi mente se hubiese separado de mi cuerpo. Cuando recuperé la cordura me di cuenta de que ya no estábamos en el hotel, sino en la cama de un hospital, mi hermana Helena, me observaba desde una butaca, tenía el rostro desencajado, parecía triste y consumida por la preocupación...
- ¡Por fin te has despertado!
- ¿Dónde estoy?
- En el hospital, tuviste una crisis nerviosa.
- ¿Y él? , ¿Está bien?
-Pablo -dijo tragando aire y cogiendo una de mis manos entre las suyas- ha muerto, ¿no lo recuerdas? ¡Lo siento mucho! -afirmó entre sollozos mientras me apretaba con fuerza. Y no fue hasta esos instantes en los que mi hermana me abrazaba, cuando comencé a ser consciente de que lo había perdido para siempre -¿Qué vas a hacer? ¿Volverás a casa?
-No –respondí tajante- este es el único lugar donde los dos fuimos felices. Le prometí ser fuerte y seguir adelante, solo aquí podría lograrlo.
Mi historia comienza casi un año y medio antes de ese trágico acontecimiento que marcó mi vida para siempre. Yo empezaba un nuevo curso, 2º de bachillerato, nunca había destacado demasiado en los estudios, más por falta de motivación que por carecer de capacidad. Sin embargo, en el instituto todos me respetaban y envidiaban, era lo que llaman "un chico popular", hoy todo eso me suena ridículo, pero, en aquella época lo más importante para mí era caerle bien a la a los demás. Estaba saliendo con Sandra, la chica más guapa, pija y frívola de todo Vigo. Creo que formábamos la pareja más engreída del instituto y en el fondo eso nos gustaba, porque estar juntos nos hacía sentirnos superiores a los demás. Mi mejor amigo se llamaba Marcos y era una especie de fotocopia de mi, o tal vez lo fuese yo de él, aunque solo en apariencia, porque el provenía de una familia bien y era un niño mimado, mientras que en mi casa las cosas eran muy distintas, allí estaba muy lejos de sentirme popular o importante.
Mis padres se pasaban la vida peleándose y mi hermano Martín y yo éramos invisibles para ellos, excepto cuando mi padre nos cogía a alguno de los dos por medio y descargaba su furia en nosotros, algo que sucedía bastante a menudo. Yo trataba de proteger a mi hermanito de las palizas de mi padre, igual que había hecho mi hermana Helena cuando nosotros dos éramos pequeños, antes de irse definitivamente de casa. A pesar de su evidente y avanzado estado de demencia mi padre era inteligente y nunca me dejaba marcas en la cara o en algún lugar donde no pudiesen ser tapadas con ropa, por lo que nadie en el instituto, ni siquiera mi novia o mi mejor amigo, sabía realmente lo que me pasaba
Cuando empecé 2º de bachillerato, no podía imaginarme que en aquel curso sucederían cosas que cambiarían mi vida y que me harían pasar de niño a hombre. Todo empezó con un hecho insignificante, la llegada de un chico nuevo al instituto, Ángel, todavía puedo verlo, entrando en clase el primer día, con paso vacilante y tímido, mirando al suelo. Tenía un aspecto realmente extraño, su piel era excesivamente blanquecina, y estaba demasiado delgado, era más o menos de mi estatura, aunque parecía más bajo, porque se encorvaba un poco al andar. Llevaba unas gafas muy anticuadas, y vestía de oscuro lo que todavía acentuaba más su extrema palidez. Recuerdo que les comenté a mis amigos, entre risas, que debía de venir de otro planeta. Lo clasificamos como "pardillo" desde el primer día, y debido a la ropa oscura y a su piel blanca lo apodamos "el vampiro".
Esa era la clase de personas que éramos, lo juzgamos sin conocerlo de nada y pronto pasó a nuestra lista de apestados, con el paso de los días nuestras burlas iban en aumento, pero, nada de lo que le dijésemos parecía afectarle. Su cara era como el de una escultura esculpida en piedra que jamás cambiaba de expresión, ni dejaba aflorar la más mínima emoción, y debo admitir que secretamente eso me intrigaba, aunque por supuesto no me acercaba a él.
Pasó más de medio curso antes de que cruzásemos la primera palabra, y fue debido a que en economía nos encargaron hacer unos trabajos, el profesor nos emparejó por orden de lista, y a mí me tocó con él. Recuerdo las risas burlonas de mis amigos, y lo avergonzado que me sentí yo por sus gracias. Le supliqué al profesor que me cambiase de compañero, este por supuesto se negó y me recomendó que madurase. Ángel ni siquiera me miró, me imagino que él tampoco se sentiría demasiado feliz por tener que trabajar conmigo, pero, su rostro seguía sereno e impasible.
Yo no estaba acostumbrado a que nadie se riese de mi y aquello me hizo sentir muy incomodo, le dije a todo el mundo que prefería suspender economía antes de tener ningún tipo de trato con "el vampiro". Todos me dieron la razón y me apoyaron como si me decisión fuese una especie de acto heroico. Pasó la semana de plazo que nos habían dado y ni siquiera me molesté en hablar con él. Cuando llegó el momento de entregarlo, estaba convencido de que Ángel habría hecho el trabajo solo y le contaría al profesor que yo me había negado a ayudarle, pero, me equivoqué, no me delató. Entregó una pila de folios con los nombres de los dos en la portada.
- ¿Quien ha hecho este trabajo? - preguntó Gutiérrez, el profesor de economía, unos días después.
- Sergio y yo- respondió Ángel con total tranquilidad, me quedé perplejo, no podía creer lo que estaba escuchando, pensé que mi imaginación debía estarme jugando alguna broma retorcida.
- ¿Seguro que el señor Canosa le ha ayudado?
- Si. -Gutiérrez le dirigió una última mira de duda y luego fijó sus ojos en mí, creo que me puse rojo como un tomate.
- Pues han sacado la mejor nota de toda la clase, un nueve -nos comunicó poco convencido- Y yo de usted no me pondría demasiado contento – dijo el profesor mirándome con suspicacia- el examen final de la asignatura es dentro de dos meses, entonces no tendrá a Ángel para que le saque las castañas del fuego, y tal como lleva la asignatura me temo que volveremos a vernos el año que viene…
Estaba completamente avergonzado por mi comportamiento de aquellos últimos días, y confuso por lo que había hecho Ángel, no podía dejar de darle vueltas al asunto. Finalmente no pude aguantar más los remordimientos y al terminar las clases lo abordé en la salida.
- ¡Oye, tú! -le grité sin muchos modales.
El se volvió sin soltar palabra, por toda respuesta se limitó a mirarme, sus ojos se clavaron en los míos a través de sus gafas, me sentí algo incomodo y bajé la vista, pero, el no apartó la mirada, parecía casi como si me estuviese retando.
- Quería..., bueno quería agradecerte que no dijeses nada... y disculparme porque hallas tenido que hacer el trabajo tu solo... –murmuré sintiéndome terriblemente ridículo.
- ¡Da igual! - dijo sin prestarme demasiada atención y siguió andando, dejándome con la palabra en la boca.
-Espera - él se volvió- ¿por qué lo hiciste? , quiero decir... ¿por qué no le contaste la verdad?
El me miró con una desconcertante expresión de burla y luego se limitó a decir...
-No sé si hay algún motivo razonable para que yo te caiga mal. Más bien me parece un complejo de inferioridad, tus amigos y tu necesitáis ridiculizar a los demás para sentiros superiores ¡es una lástima que además de guapos y populares no seáis también inteligentes!
- ¡Perdona, pero creo que te estás pasando…! -Me quedé totalmente desconcertado, con la boca tan abierta como un buzón de correos, "el pardillo" me había marcado un buen gol y yo ni siquiera era capaz de defenderme, porque en el fondo opinaba lo mismo que el- ¡solo estoy intentando disculparme, yo no te he insultado...!
- ¡Supongo que para ti "vampiro" y "pardillo" no son insultos..., aunque no se dé que me extraño, tú solo haces lo que ves hacer, tus amigos y tú sois como ovejas, a donde va uno vais todos...!
- ¡Te estás pasando, no te parto la cara porque...!
- ¿Por qué?, ¿tienes miedo que me vaya de la lengua?, ¡por mi puedes estar tranquilo yo no voy a decir nada, ahora no hace falta que te hagas el guay conmigo, porque no te pega nada, se te ve el plumero demasiado...!
- ¡Tú no me conoces así que no me juzgues...!
- ¡Tú tampoco me conoces a mí! -Dicho esto retomó su camino, dejándome allí solo, furioso y confuso.
Aquel acontecimiento, que a simple vista podría parecer insignificante, provocó que mi curiosidad hacia Ángel aumentase. A menudo lo buscaba con la mirada y más de una vez me tropecé con la suya, para luego bajar la vista avergonzado. Las burlas de mis amigos sobre él, dejaron de hacerme gracia, e incluso me irritaban, por lo que terminaba marchándome y dejándolos solos con sus cotilleos, ellos decían que estaba muy raro y yo también lo pensaba, pero, no sabía muy bien que me sucedía.
Uno de esos días en los que llegaba a casa después del colegio y encontraba a mis padres discutiendo, algo que no me sorprendía en absoluto, ya estaba acostumbrado a los insultos de mi padre y los sollozos de mi madre. Volví a coger mi mochila y me monté en mi ciclomotor, acelerando tanto como este me permitía, como tratando de dejar las penas atrás, y aunque por un instante me parecía conseguirlo, luego estas siempre volvían a encontrarme. Pisé a fondo, mientras las lágrimas lo volvían todo borroso, brillante, casi hermoso. Entonces escuché una voz familiar que me gritaba advirtiéndome del peligro, volví en mí y traté de frenar, pero, fue demasiado tarde, me estampé contra el suelo y rodé, un dolor punzante recorrió todo mi cuerpo, recordándome que aun seguía vivo.
Abrí los ojos, me encontré con un rostro que conocía bien, al que tantas veces había mirado a escondidas, del que me había burlado y que ahora me miraba con una mueca de sincera preocupación.
-¡No te muevas y no intentes sacarte el casco! –Advirtió Ángel- voy a llamar a una ambulancia.
Se arrodilló a mi lado y comenzó a hablarme para evitar que me durmiese, como si temiera que de hacerlo tal vez no volviera a despertar.
-Creo que si –susurré, no tenía fuerzas para mentir.
-¿Por qué? –Preguntó lleno de confusión - ¿por qué querría morir alguien como tú? ¡Pero si lo tienes todo!
-¡Te equivocas! No tengo nada, estoy solo – confesé, mientras sentía que los ojos me pesaban cada vez más.
-¡No te duermas, háblame, cuéntame por qué crees que estás solo…!
-Estoy cansado.
-Aguanta un poco –suplicó consumido por los nervios.
-No tengo familia ni amigos de verdad, nada en mi vida es auténtico… tú tenías razón, solo soy una oveja en un rebaño…
-¡No! –Negó tajante – tú eres diferente a ellos, pero te juntaste con las compañías equivocadas, ¿por qué crees que te cubrí en economía? – me sonrió, recuerdo que entonces pensé que era realmente guapo, un verdadero ángel.Luego me sumergí en un estado de somnolencia, escuchaba su voz tratando con desesperación de mantenerme despierto, y la sirena de la ambulancia al fondo, pero, era como si nada de eso fuese real para mí.
Me desperté en la cama de un hospital, el seguía a mi lado, no se había movido de allí, al ver que volvía en mi, respiró aliviado.
-¡Me has dado un susto de muerte! – me recriminó.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí?
-Unas horas, te pondrás bien, los médicos dicen que no tienes nada grave, pero, Pablo, ¡eso que has hecho ha sido una auténtica barbaridad, quiero que me prometas que no volverás a intentarlo…!
-¿Por qué te preocupas tanto por mí con lo mal que te hemos tratado?
-¡Eso ya no importa, tú solo promételo!
-Está bien, te lo juro - No pude evitar sonreír, su sincera preocupación por mi me enternecía – creo que es la primera vez que le importo a alguien.
-No te lo tomes a broma, aunque no lo creas es verdad… -respondió mirándome muy serio.
Los días siguientes en el hospital fueron felices. Lejos de mis padres y sus gritos. Lejos del instituto y las conversaciones banales. Solo estaba él, que no se separó de mi en ningún momento. Hablamos mucho aquel tiempo, de nuestras vidas, del instituto, de lo idiotas que eran mis amigos, de mi familia, de su enfermedad, el tratamiento y las pocas posibilidades que tenía de vivir…
-Cáncer –repetí en vos baja, como temiendo que si lo decía más alto se volvería real.
-Si –afirmó- me lo diagnosticaron a los 15 años, lo médicos no me daban más de un año de vida y he llegado a los 18, tiene mérito ¿no crees? –Tragué saliva, no pude evitar pensar en todas las veces que nos habíamos burlado de su aspecto enfermizo, ahora todo cobraba sentido, incluso su impasibilidad hacia nuestros comentarios, cuando alguien lucha todos los días por su vida, ciertas cosas pierden importancia por completo – tenía tantas ganas de vivir, que he luchado con todas mis fuerzas, y hay tantas cosas que me gustaría hacer… sin embargo, no sé si tendré tiempo. Siempre he querido volver al lugar donde he sido más feliz en mi vida.
-¿Dónde? –pregunté conteniendo las lágrimas.
-A Lanzarote, mis padres me llevaron de vacaciones un año antes de que me detectaran la enfermedad, el último viaje que hicimos. Les he pedido muchas veces que me dejasen volver, pero, tienen miedo de que el viaje empeore mi estado… si de todos modos voy a morir ¿qué más da?
-¿Ir te haría feliz?
-¡Mucho! –admitió.
-¿Y si yo te llevase?
-¿Lo dices en serio? –su rostro se iluminó de repente.
-Si, tengo algunos ahorros.
-Yo también. ¿Pero cuándo?
-¡Ahora mismo! – exclamé saltando de la cama, una repentina fuerza me había sobrevenido. Me vestí con ropa de calle, y salimos del hospital, sin que ningún médico ni enfermera se diese cuenta de mi fuga.
Metí alguna ropa en una mochila, y el dinero que había ahorrado trabajando los veranos en la descarga en Marín, luego lo acompañé a su casa, esperamos a que sus padres se marchasen para entrar a hacer las maletas, y compramos dos billetes para el primer vuelo a la isla que encontramos.
Durante el viaje no paramos de hablar y hacer planes, discutíamos sobre qué lugares visitaríamos primero o donde sería mejor comer. Parecíamos dos estudiantes despreocupados en su viaje de fin de curso, solo que no lo éramos, sabíamos que el tiempo se terminaba para nosotros, pero, solo queríamos ser felices mientras durase.
El primer lugar que visitamos fue el parque Nacional de Tymanfaya con sus impresionantes campos de lava negra, y Las Montañas del Fuego en pleno corazón, allí fue donde el me dijo que me quería. Su confesión me sorprendió, no me había parado a pensar que sentía yo por él. La verdad es que su aspecto misterioso me había intrigado desde el primer día, y aunque nunca lo habría admitido, si las cosas no hubieran llegado a precipitarse tanto, lo cierto es que esa curiosidad fue creciendo en mi interior, hasta convertirse en mi pequeña obsesión.
Luego se fueron siguiendo todos los acontecimientos que nos habían llevado a estar allí de pie, sobre aquél vasto campo de roca volcánica, mirándonos a los ojos, sonriendo, sintiéndonos los dos, por primera vez en nuestras vidas, libres y felices. Una felicidad que era efímera, que se nos escapaba por momentos. Entonces lo supe, no había tiempo para dudas ni miedos, nuestro tiempo se evaporaba al igual que el agua en un geiser.
-Yo también – Respondí. Aún hoy, después de tantos años, puedo ver su cara irradiando felicidad y lo guapo que estaba de esa forma. Decidí que quería verlo siempre así, me hice la firme promesa de que la tristeza, ya nunca más volvería a invadir ese rostro. Después lo besé.
-Es la primera vez que alguien me besa –me confesó- me he pasado toda la vida sometiéndome a tratamientos que solo me agotan, recluido en hospitales, pero, ya no quiero, volver… prométeme que tú nunca me llevarás a ninguno…
-¡Te lo juro! –exclamé sollozando, luego se desvaneció entre mis brazos.
-¿Estás bien? –pregunté alarmado.
-Sí, solo un poco cansado por el viaje… necesito dormir un rato…
Volvimos al hotel, me acosté a su lado y lo miré dormir, hasta que el sueño también se apoderó de mí. Cuando abrí los ojos me encontré con los suyos, no dije nada, solo lo besé de nuevo, rodé hasta situarme encima de él, lo acaricié, me miró emocionado y asintió. Nuestro beso se volvió más apasionado, había desesperanza en él, miedo, emoción, tristeza, pero, ni tan siquiera un rastro de duda.
Mi boca se perdió en su cuello, en los lóbulos de sus orejas, en su torso, en sus brazos, en su ombligo y finalmente en su entrepierna, chupé y lamí con desesperación, sintiendo que mi propia vida se consumía en ello. Lo hice gemir, suspirar, retorcerse entre mis brazos, pero, lo más importante es que lo hice feliz el resto de su efímera vida y el a mí.
Han pasado ya muchos años desde aquellos días, el me obligó a prometerle que seguiría adelante cuando ya no estuviese y cumplí todas y cada una de las promesas que le hice. Sigo viviendo en Lanzarote, y he rehecho mi vida con un buen hombre, que conoce y comprende mi historia. Sin embargo, cada vez que visito el Tymanfaya no puedo evitar pensar en él, y sonrió mientras se me escapa una lágrima.
FIN
Como siempre, gracias a todos los que leéis mis relatos y espero vuestros comentarios y críticas, para poder aprender y seguir mejorando.
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