Salvador (6)
Lunes Santo: en mis manos una carta de la dirección del banco donde se me instaba a abandonar de inmediato mi puesto en la sucursal de ese poblacho al que me destinaron a mi pesar. Causas de eficacia en la gestión, ponía. ¡Y una mierda! La verdad es que después de lo que pasó en la cantina, me convertí en un apestado. ¡Se me follaron dos lugareños y encima fui yo el que debió salir de allí acusado de pervertir la moral de la aldea! Es como si hubiera llegado a Sodoma y los sodomitas me apuntaran como el causante de sus depravados instintos.
Cerré la carta y pensé: que les den.
Esa misma tarde hice la maleta.
No tuve paciencia para esperar ni siquiera al día siguiente. Metí la maleta en el coche y en cuanto oscureció me largué de allí quemando neumáticos. Tomé la comarcal que conducía a otra comarcal que a su vez enlazaba con una nacional de cuyo mantenimiento nadie se ocupaba. Así era de importante el lugar, la comarca y la región donde estaba situado el hogar de Salvador.
¿Cuánto tardaría en olvidar a ese cabrón? ¿Un día, un año, un siglo…? ¿Y él a mí?
Estos eran mis pensamientos cuando tuve que dar un volantazo y salirme de la carretera porque un tractor con remolque permanecía cruzado en la vía. Fui presa de un ataque de ansiedad que coronaba el estado de nervios en el que vivía desde la recepción de la carta de traslado. Un fogonazo de luz me deslumbró. Alguien abrió la puerta del coche.
-Sal –me ordenó.
Sentí ganas de poner una bomba a las puertas de los cielos y los infiernos cuando reconocí la voz: Salvador.
-Casi me matas.
-¿Adónde ibas?
-A ti qué te importa.
No hubo más preguntas, sólo forcejeo hasta que me paralizó en el suelo, me ató con una cuerda y me tapo la boca con un trapo asqueroso pringado de aceite de motor y queroseno.
Tirado en el remolque del tractor en una noche sin luna, sufrí todos los vaivenes de unos caminos de tierra en un peregrinaje que se me antojó sin final.
Hasta que llegó a un lugar situado dios sabe dónde. Me sacó del remolque y cargando conmigo como si fuera un fardo se metió en un agujero oscuro. Cerró tras de sí lo que parecía una puerta y me descargó. Encendió una cerilla y prendió una linterna de petróleo. Pude ver que nos encontrábamos en una cueva por las paredes de piedra, aunque el suelo estaba cubierto de paja.
Me desató. Se encendió un cigarrillo y se me quedó mirando sin añadir una palabra. ¡Joder, su presencia me inquietaba y me proporcionaba un bienestar como no había conocido en mi vida, las dos cosas a partes iguales!
-Mañana me esperan en mi nuevo puesto.
-Tu puesto está en el pueblo.
-Ya no.
-Y eso ¿quién es el mierda que lo dice?
-El dueño del banco.
-Pues no vayas.
-¿Y de qué viviré?
-Te daré de comer.
Mi campesino alucinaba. Tuve la convicción de que cualquier intento de razonar con él sería inútil.
-Se acabó, Salvador. No sabes cuánto me duele pero…
-¿Pero qué? ¿A ti te gusta mi lefa?
¡Qué hijo de puta! Sólo de oír la palabra de sus labios se me debilitaba la voluntad ¡Y la repugnante sensación de mi sexo despertando a la mínima insinuación!
-¡Contesta! –me azuzó.
-Más que nada en el mundo.
-Pues no hay más que hablar.
Se bajó los pantalones y se quitó los calzoncillos blancos con cercos de orina en el frente. Se acercó a mí, permaneció con el sexo terso ante mi rostro. De nuevo mi lucha interna entre lo que se debe y lo que se desea. Estaba harto de esa eterna y demencial pelea. Resignado a una suerte incierta jalonada de oscuros presagios, le agarré esa maravillosa polla que me volvía loco. No tardó en asomar por la punta el líquido cristalino que le hace la competencia a cualquier néctar de cualquier dios de cualquiera religión pasada, presente o futura. Amasé sus huevos muy despacio, tanto como su polla entraba y salía de mi garganta. De vez en cuando me la sacaba de la boca para que gotease su leche hasta sus peludos cojones; yo los limpiaba con dedicación mientras repasaba con mis manos su sensible glande: no quería que en ningún momento cesara su placer.
-¿Te da gusto? –me decía.
-Tu placer es mi placer.
-Quítate la ropa.
Así lo hice. Nunca he sido un adonis de gimnasio y siempre he aborrecido de la afición de las mariconas de medio mundo a mantenerse espléndidas a base de machacarse como posesas en máquinas infernales. Pero a Salvador le traían sin cuidado mis carnes flácidas de cincuentón.
Cuando estuve desnudo recorrió con su polla toda mi piel depositando aquí y allá gotas de su exquisito fluido. Terminé impregnado con el olor de su semen y sus dedos entrando y saliendo de mi culo.
Sin la menor prisa, me penetró. Esta vez no me atravesaba con violencia. Mi polla se había puesto dura. Su manera de encularme alcanzaba una parte de mi anatomía que me lanzaba descargas de placer desde el esfínter hasta la punta de mi cosita. Sin poder evitarlo, empecé a correrme. Suavemente se me escapaba el esperma de los huevos. Salvador lo recogía con la mano y me lo daba a beber.
Una vez que mis huevos se vaciaron, Salvador me sacó la polla y me la plantó en la boca. Sabía acre después de pasar por mis entrañas. Con su pasión de siempre, soltó toda su lefa en mi boca. Pero esta vez no quiso que me la tragase. La derramé de mis labios, resbaló hacia mi cuello y se desparramó por mi pecho.
-No te limpies –me dijo- Tienes que oler a mí.
No recuerdo el momento en el que me quedé dormido sobre sus muslos agotado de la guerra de nervios de aquel día aciago. Pero a la mañana siguiente desperté en la cueva cuya puerta de tablones mal encajados, estaba atrancada por fuera. Ya era de día y demasiado tarde para incorporarme a lo largo de la mañana a mi nuevo destino. Sin embargo allí me encontraba, impregnado de semen, oliendo a esencia de Salvador y tapado con una gruesa manta de tela espartana. Junto a mí una cantimplora con agua, un plato con fruta y algo de fiambre, y un trozo de pan. Ni rastro de mis ropas u otro objeto personal.
Salvador me había secuestrado.
No supe nada de él hasta el atardecer. Abrió la puerta y su silueta se recortó contra los últimos rayos del sol que incidían de lleno en la entrada de la cueva. Portaba un atillo que dejó en el suelo.
-¿Así me recibes? –dijo.
-Van a despedirme.
-Aquí está todo lo que necesitas –y señaló el atillo.
Era como hablar con una pared.
Dio una vuelta por la cueva y vio en un rincón mis heces. Cada día, sobre el mediodía, mis intestinos exigen aliviarse.
-¿Qué es esto? –preguntó con enfado.
-Una mierda –respondí sin respeto.
Lleno de cólera se me acercó, me agarró del pelo y me tiró contra las heces.
-Recoge eso y sácalo de aquí.
-Yo necesito echar de mi cuerpo lo que la naturaleza exige –protesté.
Salvador se quitó su viejo cinturón de cuero y me amenazó.
-Haz lo que te digo.
En ese momento comprendí que perder el trabajo era el menor de mis problemas.
Envolví las heces en un montón de tierra y paja para evitar tocarlas con las manos. El me observaba y hablaba:
-Este lugar es sagrao. Si te entran ganas de cagar, te esperas a que yo venga y te abra la puerta. Te dejaré que salgas y que hagas tus cosas.
-Pero…
El cinturón de Salvador se estrelló contra mis nalgas.
-Lleva tu porquería fuera y aprovecha si tienes ganas de más.
Salí de la cueva. El sol ya se había ocultado. Había empezado la hora bruja. No se veía ninguna población en el horizonte; tan sólo campos de cultivo de secano, que en esa época reverdecían, y pequeñas islas de árboles achaparrados. Caminar descalzo sobre suelo pedregoso tiene serios inconvenientes. Traté de aliviarme pero de mi cuerpo sólo escapó orina. Salvador se sentó en una roca observándome. Se encendió un cigarrillo y me llamó a su lado.
-Túmbate en el suelo junto a mí.
Lo hice. Nos quedamos en silencio mirando el horizonte cada vez más añil. Con uno de sus pies calzados con sandalias (ya viejas conocidas mías) pisó mi sexo, lo golpeó, lo excitó.
-Mi tío tuvo un perro al que le hacía lo mismo. Al hijoputa le gustaba –la comparación me dolió- se le salía la picha entera. Eres como él –y me pisó con fuerza- El perro terminó por hacerme más caso que a mi tío; y el muy idiota de mi tío nunca supo por qué.
Apuró el cigarrillo y se metió en la cueva. Le seguí. Mis pies desnudos sufrían con las piedras que pisaba.
Dentro, Salvador había prendido la linterna de petróleo y desató el atillo; de él sacó una tartera, la destapó y me llegó el olor de un guiso aún caliente. Mi estómago se animó.
Salvador buscó un saliente en la pared de roca y se sentó.
-¡Vaya hostia no tener una mesa! – y se me quedó mirando. Durante cinco segundos no comprendí por qué me miraba. Hasta que una idea vino a mi mente, una idea que no sé de dónde nació y que me costaba aceptar. Pasé en décimas de segundo del rechazo de la idea a verla como la única posibilidad. Despacio, dejé que mis rodillas se hincaran en el suelo cubierto de paja y que mi tronco se inclinara hasta que mis manos acabaran en el mismo plano. Con la incertidumbre de no saber si mi iniciativa sería bien acogida, gateé hasta donde él aguardaba con la tartera en la mano. Situé mi cabeza entre sus piernas y le ofrecí la espalda; satisfecho depositó sobre ella la tartera aún caliente; la abrió y comió del guiso.
-Ya que estás así, haz algo de provecho –dijo con la boca llena mientras empujaba su bragueta contra mi cara.
Con la boca presioné sobre la tela de su pantalón de faena; el sexo estaba despierto; con los dientes lo calibré. La situación me desesperaba porque si me movía para sacarle la polla con las manos, el guiso se derramaría; y si no hacía nada, no cumpliría su deseo.
-Piensa –me dije.
Con sumo cuidado, me mantuve sobre una mano con la espalda lo más recta que pude, y con la otra (la derecha) logré liberar la estaca del campesino. Ante ella, se me pasó el hambre. Nunca me cansaba de verla, de olerla, de saborearla. Hasta ya tenía mis partes favoritas, como esa vena inflamada que un centímetro antes del glande de tintes violáceos, se bifurcaba. Salvador masticaba y yo conseguí engullir toda la carne que me ofrecía.
-Esto es el paraíso –decía- comer mientras me la chupas.
Repentinamente, me quitó la tartera de la espalda, me agarró la cabeza y me situó a la altura de sus ojos. No sé lo que buscaba en ellos pero se lanzó a darme mordiscos: primero en la barbilla, siguió con las mejillas, las orejas, los hombros…La potencia de sus mordiscos aumentaba. En mis pezones no se anduvo con ningún cuidado, ni en mi espalda o en mi vientre. Mordía en un juego de vértigo que me fue contagiando.
-¡Vámos, muérdeme también! – me exigía.
Y a ello me lancé…nos lanzamos…sus ropas se quedaron por el camino…su cuerpo era pasto de mis dientes y el mío una presa para los suyos. Si yo hincaba con fuerza, él la duplicaba…Sentí dolor, sentí placer, sentí que mi piel servía para algo más que para proteger mis vísceras del mundo exterior. Ese hombre se había vuelto una alimaña y yo me había contagiado de su rabia. Nos arrastramos por aquella covacha buscándonos y encontrándonos, nos cercioramos de que el otro existía con el sabor de su epidermis o de lo que fuera. Y me atrapó en éstas, se sentó sobre mi cara, tuve su piloso culo en mi boca, saqué la lengua y lo lamí, hundí mi rostro entre sus nalgas hermosas para limpiar allí y saborearlo. Agarró mis piernas, las alzó hasta que mi trasero estuvo a su alcance y tan pronto me mordía como me golpeaba con las poderosas manos de gruesos antebrazos. Todo sin dejar de subir y bajar sus imponentes ancas sobre mi boca…Era tan delicioso ese orificio rosado en medio de la negritud de su peludo culo…tan excitante el goteo de su esperma sobre mi pecho…hasta que se levantó y dio vueltas alrededor de mi cuerpo tendido en el suelo, pisando mis miembros con sus pies descalzos, meditando con fiebre en la mirada sobre lo próximo que quería de mí…
Salió de la cueva y en la noche se puso a gritar y aullar, a tirar piedras y a blasfemar contra cielo y tierra. A lo lejos se oyeron ladridos de perros que le contestaban… Después se hizo el silencio; y el silencio me intranquilizó.
Lo rompió un golpe seco en la puerta de tablones mal encajados. Me asusté. Siguió otro golpe, y otro y otro… Tardé en darme cuenta de lo que estaba pasando: alguien apedreaba la puerta y lo hacía con proyectiles cada vez mayores. Uno de ellos fue tan violento que logró que la puerta, pese a su peso, cediera y tomara la inercia suficiente para acabar abierta del todo. De la oscuridad llegó otro proyectil que se estrelló contra la pared de la cueva descomponiéndose en pequeños fragmentos terrosos. La frecuencia de los impactos aumentó y no tenía manera de ponerme a cubierto. Uno de esos proyectiles alcanzó la linterna de petróleo; su contenido se derramó y la llama prendió en la paja que alfombraba el cubículo. Y hasta allí llegó mi paciencia. No sé si era Salvador el autor del asalto o cualquier lugareño que le había seguido, se lo había cargado y ahora la tomaba conmigo. Pero el fuego prendiendo la paja, la humareda que se montó en pocos minutos y la insistencia de quien fuera el agresor con sus proyectiles, me decidieron a escapar del lugar. Y para ello me arrojé al suelo. Sin ropa alguna con la que protegerme, me arrastré hasta que logré salir de la cueva. Los brazos, las rodillas, el vientre, la polla…todo se me estaba llenando de arañazos y raspaduras. Como si de toda la vida conociera las estrategias militares, continué arrastrándome durante un buen trecho bajo la luz de las frías estrellas y el resplandor del fuego que ardía a mis espaldas. Cada vez que se me clavaba una piedra o notaba un rasguño me juraba a mí mismo que toda esa historia de secuestro y encierro se había terminado para siempre y que antes muerto que consentir nunca más una situación similar, porque mi vida era sagrada y uno estaba dispuesto a mucho, menos a que lo lapidasen o lo quemasen vivo.
Mientras me arrastraba con estos pensamientos, una emoción amarga se abrió paso hasta mi rostro. La reprimí. No era momento para debilidades. Volvió. La despaché con un agrio escupitajo. Calculé la distancia que había recorrido ladera abajo y decidí que ya había llegado el momento de incorporarme y escapar corriendo hasta dar con otro refugio o con alguien que me ayudase. Prudente alcé la cabeza, después el tronco, mis muslos ya se disponían a recuperar mi posición de bípedo cuando cayó sobre mí, con todo su peso, el cuerpo desnudo de mi captor.
-¿Dónde ibas?
No contesté. Agarré una piedra y le intenté machacar una mano; la apartó a tiempo. Me sujetó la mano agresora y me la retorció.
-Estás acojonao ¿verdad?
-Querías matarme –contesté desencajado.
-Eso jamás –y me soltó la mano pero sin moverse de encima de mi cuerpo- ¡Qué poco me conoces y qué poco has aprendido de mí si es así como piensas!
-Mira el fuego. Eso no es un pensamiento, es una realidad.
-¡Deja de comportarte como un puto niñato consentido, joder! Si hay fuego, hay fuego; y si ahora se hunde la montaña y nos pilla, se acabó. ¿Y qué? Dime ¿Y qué?
Supe que me encontraba ante el momento crucial, que según reaccionase el camino sería uno u otro; y yo, cincuentón a quien ya no mira con deseo casi nadie rompí a llorar. Y no era un llanto cualquiera, era el llanto. Lo adorné con las siguientes palabras:
-Lo siento, Salvador, este es mi límite. No puedo seguirte más.
El campesino tardó en comprender qué le comunicaba (o se resistía a comprenderlo) pero en cuanto tuvo la certeza de que no se trataba de una frase más, se despegó lentamente de mí.
Pasaron los minutos con el olor de la paja ardiendo en la cueva y el lento discurrir de las estrellas por la negrura del cielo. Mi llanto se calmó. Salvador permanecía sentado a mi lado sin tocarme. En cuanto escuchó mi respiración tranquilizada, habló:
-Tengo el tractor cerca –su voz sonaba seria, con un fondo de pesar- Te llevaré de regreso.
Así lo hizo. Me aproximó a la rotonda de una carretera donde paraba a escaquearse del servicio una pareja de la guardia civil. Me bajé del remolque y me acerqué hasta él. Apagó el motor. Me miró expectante. No podía creer dentro de mí que tras despedirme, no lo volvería a ver. Pero ¿cómo cambiar ese futuro?
-Lo siento –hablé- Soy un cobarde.
-Te dije que yo cuidaría de ti.
-¿Encerrándome como a un animal?
-Tú que sabes de mis planes.
-No me has dicho ni palabra.
-Ni pienso. Si no confías en mí, no hay más que hablar.
-Me pides mucho, pero…
-¿Pero qué?
Iba a decir: no permitas que me vaya, impídelo, enciérrame, actúa contra mi voluntad…Pero no dije nada. Me callé y los minutos pasaron.
-Suerte –fue su última palabra tras esperar en vano.
Se alejó conduciendo el tractor rumbo a su pueblo.
La explicación que di de mi desaparición fue… ninguna. Me limité a decir que no recordaba nada o a dar referencias muy vagas. Me examinó un psiquiatra que dictaminó que seguramente había sufrido algún tipo de amnesia a causa del grave estrés que había vivido en los últimos meses. Todo el mundo dio por buena esa explicación tan de cajón de sastre. Entre otras cosas porque nadie tenía el menor interés en indagar o averiguar más sobre un asunto que les traía sin cuidado. Hasta mi banco se conformó con el diagnóstico y no fui despedido; aunque me han dado una baja temporal con sueldo hasta que se les ocurra qué hacer conmigo.
Mi familia, que parece haber encontrado en las explicaciones psiquiátricas un seguro argumento para tolerarme con mis "excentricidades", ha vuelto a acogerme en su seno. Mi madre lloró mientras decía a todo el que la quisiera escuchar: ¿Veis como algo malo le pasaba, que él no es así?
Todos ellos tienen sus correctas ocupaciones y sus escogidas amistades. Y todos nos reunimos en las celebraciones alrededor de nuestra queridísima madre, octogenaria, lúcida y con una salud que augura que alcanzará el siglo de vida.
Y yo, cuando los veo a todos, discretos, mesurados, trabajadores, correctos ciudadanos, siento ganas… de salir huyendo de tanto amor apastelado y tanto trato edulcorado. Y en mi fuero interno he comenzado a lamentar que el fuego no me hubiera consumido esa noche en la cueva o que se hubiera hundido la montaña con Salvador y conmigo debajo. Lamento como nadie se imagina mi pánico ante los desafíos de ese campesino que jugaba a vivir todos los extremos que se le ocurrían, lloro su ausencia irremplazable y me amargo si pienso que no volveré a sentir las emociones que viví a su lado.
¡Joder, cuánto lo deseo! Y aunque ahora no se me ocurra cómo, juro que encontraré la manera de volver. Quiero ser suyo. Es mi único motivo para seguir viviendo.