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Un angelito y un lobo

¿Cuantas cosas pueden descubrirse el mismo día? En principio solo habíamos quedado para conocernos y "tomar un café". Pero lo dos sabíamos que era para algo más. Yo aquel día me sentía un poco… digamos… "rudo", así que ni me afeite, aunque llevaba barba de dos días, ni me puse calzoncillos. Una camiseta negra ceñida y un tejano holgado, algo caído eran todo mi vestuario. Me estremecía de ganas en cuanto pensaba en la cita de aquella tarde. Sabía que lo más probable es que no ocurriese nada pero mi imaginación volaba hacía escenas morbosas en las que follaba como un salvaje.

Habíamos quedado en un bar dentro del World Trade Center del Puerto pues él trabajaba por allí y era un sitio solitario a pesar de estar en la terminal de cruceros del puerto de Barcelona . En cuanto lo vi acercarse deseé que aquel joven ejecutivo fuera él y solo verle la mirada ansiosa supe que era él. Su carita era como la de un querubín crecido: sonrosada, lampiña y con mejillas llenas. Venia directamente de la oficina y por eso acudió vestido de traje y corbata. Me gustó así, tan formal. Estaba guapo y parecía un niño bueno e inocente aunque en realidad, imagine, era travieso y pervertido. Desee no equivocarme y decidí que no me iba a conformar con "café" solo, que lo quería con "leche".

Efectivamente tomamos el café y al principio hablamos educadamente del tiempo, la crisis y su trabajo pero enseguida al mencionar su ropa surgió el tema del contraste entre su apariencia formal y su manera de ser real, de sus deseos, y eso nos volcó a una conversación de sexo y fantasía. Fue suficiente que yo dijera, mirándole a los ojos, que me gustaría acariciarle debajo de aquella camisa blanca y dentro de la bragueta de sus negros pantalones para que me pidiera ir a un sitio tranquilo donde hablara menos e hiciera más. Pensamos en el aparcamiento del edificio donde tenía su coche y bajamos allí pero estaba lleno de gente que entraba y salía y de agentes de seguridad que nos miraban mal cuando estábamos dentro del coche, esperando, sin arrancar, yo con la mano sobre su bragueta. Optamos por marchar a algún otro lugar. Sugerí buscar un rincón solitario por el parque de Montjuich, que estaba cerca y al ser tan grande seguro que encontraríamos algo solitario y escondido. Era de día y aún quedaban más de tres horas de luz.

Condujo un rato por los vericuetos de la montaña que son como un laberinto. Todo el tiempo estuve acariciándole, rozando con la punta de los dedos detrás de la oreja o en el cuello o palpando el bulto que se le marcaba debajo de los pantalones a riesgo de tener un accidente, pues el cerraba los ojos, excitado. Al fin detrás de unos árboles y un espeso jardín, una calle sin salida y absolutamente vacía nos inspiro confianza.

Pasamos al asiento de atrás y tal como nos habíamos prometido nos besamos en la boca. Me deleite en saborear la blandura de sus labios, el roce de las lenguas, el frescor de su saliva. Me enrosque en su cuerpo y comencé a desnudarle, desabotonando la camisa y aflojando el cinturón. Metí las manos dentro de su ropa y toqué su cuerpo, al fin. Estaba deliciosamente mullido en carne, sin exceso pero blandito, redondito y sabroso, le bese en el cuello y le mordí suavemente, mas tarde, pensé, te daré uno de verdad para dejarte mi marca. Recorri su pecho hasta la bragueta y exploré en su interior, bajo la tela del calzoncillo se le marcaba un buen bulto, duro y curvado. Él se dejaba hacer, así que le remangue los pantalones y los calzoncillos lo suficiente como para que su polla juguetona saliera al aire y yo además pudiera tocarle el culo. Su verga era… ¿cómo decirlo?… redondita como todo él… corta pero gordita… y me llenaba la mano como una fruta madura. Detrás, los huevos se pegaban al cuerpo y ocultaban el nacimiento de su raja. Pase la mano entre las nalgas y metí un poco el dedo en su agujerito sin dejar de menearle la polla. Me encantaban los gemidos de placer que daba y la carita de ángel vicioso que ponía, con los ojos cerrados. Yo, claro, estaba excitadísimo y de un tirón me deshice de los pantalones y empujándole la cabeza hacia abajo le puse la punta de mi polla en los labios. Empezó a besármela al principio con besos pequeñitos, siguió con lametones golosos, para después metérsela toda dentro y chupármela a conciencia. Era un maestro, el niñito. Hacia el vacio dentro de la boca y la dejaba resbalar por los labios recorriéndola arriba y abajo despacito. O bien me lamia delicadamente el capullo buscando el punto donde más me gustaba. Confieso que casi me tumba pues me gustaba tanto que casi le dejo hacer y me corro en su boca pero tenía ganas de que durase así que se la saque y lo morree a fondo notando mi sabor en su saliva. Le di la vuelta y se coloco de rodillas en el asiento con el culo en pompa. Tenía las nalgas apetitosas, redonditas y carnosas, y se las mordí como si fueran de turrón. Después con la lengua le marque bien la raja entre ellas y se la moje cuanto pude con mi saliva especialmente el agujerito que era lo mejor del pastel.

Lo tenía marrón y un poco sonrosado alrededor, como de chocolate y fresa, y cuando lo tuve bien mojado a base de punteárselo con la lengua le metí el primer dedo, mi índice. Con la otra mano lo tenía bien agarrado de la polla y note el estremecimiento y el respingo que dio. Un gritito de loca me confirmo que le gustaba y le recompense, ahora sí, con un buen chupetón en el cuello que le dejaría un recuerdo mío para varios días. Se le puso la carne de gallina a medida que le mordía más y aproveche para meterle el segundo dedo con cuidado. No solo no me costó meterlo sino que creo que él me lo succionó. Los movía adentro y afuera y a la vez le meneaba bien la polla y él me correspondía pidiéndome más, pidiéndome que me lo follara de una vez. Ahora ya no gemía, ahora bramaba de gusto y giraba la cabeza a los lados metiendo y sacando la pelvis para buscar mi mano que lo pajeaba o para meterse aun mas mis dedos. Yo la verdad ya estaba bien a punto y no podía dejar de frotar mi polla contra su cuerpo así que abatí uno de los asientos delanteros y le puse culito en pompa, de espaldas a mí. Cogiéndole por las caderas fui tanteando con la polla entre sus nalgas y él mismo con la mano guió la punta hasta meterla un poco en su agujerito. Empuje despacito y la fui metiendo y sacando hasta que me entro del todo.

Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no correrme en aquel mismo momento. Me aguante porque lo que quería era darle un buen repaso, matarlo de gusto, darle las mil embestidas que tenía guardadas. Primero, se las di suaves y cortas, más profundas y espaciadas después, empujando ligeramente hacia arriba o haciendo pequeños círculos. Pero sus gemidos de placer y el gusto que yo iba sintiendo me estaban matando. Me lance como un caballo al galope y se la metí hasta que mis huevos rebotaban en su carne y a un ritmo frenético lo folle con todas mis fuerzas. No me daba cuenta de lo que hacía solo sentía mi polla que taladraba su culo y que parecía que me iba a estallar. Y, en lejanía, escuchaba sus gritos. Después, recordé que decía, "mas… mas… así, cabrón, así…. Dame tu polla… mátame de gusto" pero en realidad, en aquel momento no me importaba nada más que mi placer que tenía cada vez más cerca…. Y explote dentro de él…. Me corrí con un aullido en varios espasmos inacabables, sintiendo mi semen como me salía de dentro, abrasador, recorría toda mi verga y se inyectaba en sus entrañas. Una corriente eléctrica me subía por la columna y la sensación en mi polla llego a ser tan fuerte que parecía como si me desgarrara. Paré y me apoye, babeando, en su espalda. Busqué entre sus piernas y se la cogí, pajeándole con ganas, todavía jadeando y enseguida se corrió en mis manos con un chillido y con mi polla todavía dentro. Sentí sus espasmos que me la apretaban y se confundían con los que yo aun sentía.

Nos dejamos caer en el asiento y nos embardunamos con nuestra leche, la suya que tenía en las manos y la mía que le salía por el culo. Después el me limpió lamiéndome todo el cuerpo y dándome mil besos. Yo le daba pellizcos y le mordía cuando me dejaba alguna parte de su cuerpo al alcance de la boca. Me decía cosas cariñosas: que yo le gustaba, que le había follado tan bien y que quería repetir en cuanto pudiera. Y yo callado pensaba que si, que ahora que ya tenía mi marca en su cuello, mi semen bien adentro y la forma de mi polla gravada en el culo, me lo follaría cada vez que quisiera.
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