Aquella vez primera... (1)
Estaba sólo en los vestuarios. Habían marchado ya mis últimos compañeros, los del equipo de balonmano, a los que envidiaba por haber escogido un deporte de equipo y tener la válvula de escape del compañerismo. Todos los lunes, miércoles y viernes por la tarde entrenábamos cada uno en nuestro deporte. Mis cualidades personales me habían conducido por el camino de la gimnasia de aparatos, a la que sólo tres alumnos nos dedicábamos. Los otros dos ya habían marchado y yo todavía remoloneaba en el banco, sin entrar en la ducha, demasiado cansado para moverme. Sentía ese cansancio brutal que los viernes se tornaba dulce por la perspectiva de un día sin deberes, de descanso en mi habitación, dedicado a mis hobbies o a ver la tele; ese día además tenía planeado ir al cine con mis amigos para ver la película del momento (Indiana Jones y el Templo Maldito). Siempre me quedaba el último, en parte porque me gustaba entrenar hasta el límite de mis fuerzas y, en parte, porque era un chaval muy tímido al que le costaba exhibirse desnudo delante de los compañeros en las duchas comunales (las únicas que había en nuestro vestuario; nunca había entendido porque las chicas tenían cabinas individuales y nosotros no). Casi siempre esperaba hasta que se hubiera marchado la mayoría, especialmente un grupo de chavales a los que gustaba estar bromeando todo el día y que tenían cierta tendencia a la exhibición impúdica. Cuando quedaban ya pocos, me iba con la toalla hasta la ducha y me ponía mirando para la pared. Pero los viernes, cuando no tenía tanta prisa, alargaba los ejercicios hasta que sabía que se habían marchado todos. Finalmente me desnudé, dejé mi ropa sobre el banco y, como casi siempre, me puse a examinar mis partes. Me fascinaba el cambio que estaban sufriendo. Mis testículos que, hasta hacía poco eran un bulto arrugado, colgaban ya con cierta prestancia, bien diferenciados; mi pene, aunque todavía pequeño, empezaba a alcanzar cierto grosor que me permitía abarcarlo con la mano y no tener que cogerlo con dos deditos. Me fascinaba cuando empezaba a ponerse duro y parecía querer salirse de la piel que cubría por completo el glande. Lo acariciaba suavemente hasta que sentía un suave cosquilleo muy placentero y unas gotas de líquido transparente asomaban por el agujero del prepucio. Pero no me atrevía a seguir. Sabía lo que era una paja, porque mis compañeros me lo habían contado, pero nunca lo había hecho; no sé por qué, me producía miedo (quizás los sermones en el confesionario, quizás las advertencias de los curas del colegio...). Me levanté hacia la ducha y debajo del agua me dediqué a otro de mis experimentos favoritos: con el pene duro por completo lo empujaba hacia abajo con el dedo para notar como rebotaba hacia arriba, lo que me producía también un dulce cosquilleo. En eso estaba entretenido, cuando de repente escuché que alguien abría la puerta del pasillo conducente al vestuario. Me di la vuelta hacia la pared mirando por encima del hombro.
- Ah, eres tú, Joaquín. ¿Todavía estás aquí?
Era uno de los entrenadores, Félix, un hombre de unos 40 años que nos caía muy bien a todos.
- Hoy no está el conserje y he tenido que recoger yo todo. Además tengo que ducharme aquí, porque al conserje se le olvidó encender el calentador del vestuario de profesores y, si lo enciendo ahora, tarda la tira en calentar. ¿No te importa verdad?
- No, claro. Es que me entretuve con el entrenamiento.
- Eres un trabajador nato. Aguantas mucho más que tus compañeros.
Escuché como se desnudaba y me entró una timidez total. Sentí cómo se acercaba a la ducha de mi lado derecho y cómo la abría, y no era capaz de apartar la mirada de los baldosines de la pared.
- Eres muy bueno, Joaquín, y si persistes llegarás a ser un campeón. Pero en las anillas tienes que procurar flexionar los brazos sin abrir los codos hacia fuera. Tienes que mantenerlos así. Mira...
Volví la vista aterrorizado y no me enteré de lo que me decía. Mientras él levantaba los brazos y la mirada hacia arriba haciendo no sé qué ademanes con los que me intentaba enseñar no sé qué cosa, mis sentidos estaban embotados y apabullados por la visión de aquel cuerpo enorme y musculoso, cubierto de vello rubio. Era la primera vez que veía un hombre adulto desnudo. Involuntariamente bajé los ojos hasta su entrepierna y mis pupilas se dilataron ante aquellos testículos grandes como pelotas de pimpón y aquel pene grueso y terso por el que resbalaba el agua. Unas palabras me sacaron de mi ensimismamiento.
- ¿Te has enterado?
Una sonrisa apenas esbozada acompañó sus siguientes palabras:
- Me parece que no. No te preocupes, termina de ducharte, que ya lo estudiaremos el lunes.
Me di la vuelta rápidamente y descubrí con horror que mi pene estaba erecto. No me atrevía a moverme. Félix cerró la ducha y se retiró hacia el banco.
- Vas a quedar como un garbanzo en remojo. Tanta agua no es buena para la piel.
Cerré la ducha y, como no tenía la toalla, utilicé mis manos para cubrir mi pene que se negaba a volver a su estado normal. A la vez mis ojos se dirigían furtivamente hacia ese cuerpo que era frotado enérgicamente por la toalla. Me senté rápidamente y me cubrí con la toalla como si me secara despacio, esperando que el profe terminara de una maldita vez y me dejara solo allí.
- ¿Eres tímido, eh? No te preocupes, lo que tienes es muy normal. A todos se nos pone dura alguna vez cuando no queremos. A mi una vez me pasó con la malla de lucha en medio de una competición. ¡Imagínate el cortazo!
Aquel comentario consiguió que me relajara e incluso echar una pequeña risa involuntaria. Se quedó parado a mi lado con la toalla sobre un hombro y con los brazos en jarras.
- Antes me di cuenta de que me mirabas. Si lo que te preocupa es el tamaño, pronto la tendrás más grande que la mía. ¡No has visto muchos hombres si piensas que la mía es especialmente grande! ¡Y tú no estás mal dotado para lo joven que eres!
Su tono amable y desinhibido consiguió que me relajara aún más.
- La verdad es que nunca había visto a un hombre desnudo.
- ¿Ni a tu padre o hermanos?
- No, nunca.
- Pues yo creo que no hay que tener vergüenza de ello. Yo me meto con mis hijos en la bañera.
- No tengo hermanos y mi padre es muy religioso.
- ...No te habla de sexo, claro.
- No.
- Pues siempre he pensado que estas cosas las debéis aprender por un adulto y no por otros compañeros que, a veces, cuentan auténticas barbaridades. ¿Quieres hablar de cosas que te preocupen?
- No lo sé.
- Venga, anímate. No tengas vergüenza y pregúntame lo que quieras.
- ...
- No seas tímido.
- Nunca me he hecho una paja y la mayoría de mis compañeros sí.
- ¿Y por qué?
- No lo sé. Pero mi confesor y los curas...
- No les hagas ningún caso. Una paja es lo más natural del mundo e incluso necesaria para el desarrollo como persona... Pero si se enteran los curas de que te digo esto, me despedirían ipso facto. Te pido por favor...
- Desde luego no se lo contaría jamás a nadie, ni siquiera a mis amigos... Se lo juro.
- Yo he enseñado a mi hijo mayor a hacérselas, le he dejado un libro...